14 julio, 2017

Cars 3




Título: Cars 3
Director: Brian Fee
Año: 2017
Género: Animación, aventura


Creo, desde la propia experiencia, que sentirse "viejo" no es algo tan inusual como parece, ni necesita esperar a que se tenga determinada edad.

Tan solo basta tratar con niños o adolescentes, bajando la coraza de seguridad que da la experiencia, para de repente verse inundado por experiencias que no entiendes, y que por mucho que lo intentes solo puedes aplicar a ti mismo, pensando "yo no lo haría así" o "yo a su edad era diferente".


Se cae así en la trampa de seguir considerándote "joven", o en la convicción de que todavía no estás "fuera de juego", y piensas que tu fecha de caducidad está todavía muy lejana, lo único que pasa es que antes las cosas eran diferentes, y se solucionaban de otra forma (a tu manera, la "buena", piensas).

Pero por dentro, pensándolo bien, te reconcome imaginar que pueda ser cierto algo de lo que dice esa nueva generación, con todas las oportunidades a su favor, y tú en el fondo no seas más que una antigüedad de otra época, que se afana en defender una manera de hacer las cosas que ha de cambiar forzosamente, como tú cambiaste la de tus mayores.

De todo eso habla Cars 3 desde su amabilidad animada, camuflándose con carreras y colorines, pero sin dejar de lado sinceridad en lo que cuenta.

Vemos los días de gloria de Rayo McQueen, tan brillantes que podrían ser eternos, y apenas nos damos cuenta de cuando empiezan a adelantarle otros, cuando no es suficientemente rápido, o cuando deja de preocuparle ganar la carrera, y la prensa se encarga de recordarle que eso es lo único para lo que vale.
Supongo que, cuando haces algo durante mucho tiempo, aprendes a tomártelo como un camino que no tienes prisa por recorrer, aunque siempre habrá quien se encargue de recordarte que vivimos en la inmediatez, que debes ser el primero, porque si no... ¿qué otra cosa puedes ser?

A favor de la saga 'Cars' hay que decir que siempre tuvo grabado a fuego que ser el primero nunca significaba ser el mejor, pero no deja de existir esa competencia por ser más rápido, que puede ser la mejor broma entre corredores colegas, pero que fácilmente puede tornarse desagradable mofa entre rivales irrespetuosos.

Rayo McQueen, un buen día, se encuentra rodeado de esa clase de competidores, sin amigos que le alienten y con un "ha sido divertido" cómo posible nota final de su pasión.
No se necesita mucho para volver la vista atrás y preguntarse qué ha pasado con ese campeón que devoraba los circuitos, con humildad por bandera y sincero entusiasmo por lo suyo.



¿La respuesta?

Ha pasado el tiempo, tan necesario como imparable, que produce achaques y da paso a caras nuevas. Ya hay que tener agallas para hacerlo pasar en una franquicia animada familiar, pero eso no debería sorprendernos de Pixar, que aprovecha esta lógica consecuencia para madurar los temas de la saga y hablar del fracaso como oportunidad de reinvención, nunca de rendición.
Rayo entonces comienza a entrenar ayudado por Cruz Ramírez, con el objetivo de batir al súper-moderno bólido de carreras Jackson Storm, y ahí podría empezar la parte más convencional de la película, con montajes sincopados que registren el espectacular regreso de McQueen.
Pero Pixar no ha tomado la salida fácil desde el inicio, y desde luego se resiste a tomarla más tarde: aunque haya concesiones al público infantil, como el rodeo vaquero en el barro, se va deslizando un particular trasfondo acerca de las oportunidades entre entrenador y entrenado.

Cruz Ramírez no eligió su lugar por vocación, sino porque parecía la única salida que le quedaba, y ahora entrena a un viejo coche al que empujan para renunciar a su pasión.

Dos personajes atrapados en respectivos momentos vitales, que todavía se sienten con más que aportar, pero ambos tienen miedo de no saber hacerlo.
Ante eso, y en una decisión de inesperada valentía, la película grita: libérate. De complejos, de miedos, pero sobre todo de esa propia fecha de caducidad a veces nosotros mismos nos estampamos y aceptamos.

No existe el final de ninguna pasión, solo el saber adaptarse, pasar el testigo y buscar nuevas maneras de moverse con ella.

Las palabras de Hudson Hornet resuenan más que nunca, porque ahora Rayo McQueen se ha convertido en él, sin que nos diéramos cuenta, y hasta soy capaz de verme reflejado en esa sonrisa de suficiencia que le provoca el notar que las nuevas generaciones nunca serán como uno mismo: serán diferentes y, con suerte, mejores.
Durante toda la película se repite "no quiero acabar como Doc Hudson" cómo una maldición, pero tras saber que las oportunidades nunca se acaban si se sabe donde buscarlas, la pregunta pasa a ser "¿tan malo sería acabar como Doc, felizmente recuperado por su pupilo McQueen?".



La brecha generacional parece que solo existe si no se tiene la voluntad de acortarla, porque el mundo seguirá necesitando maestros que enseñen discípulos, y jóvenes que puedan sentir emoción verdadera de manos de un curtido campeón.

Las pasiones nunca mueren si son compartidas, como tampoco se olvidan quienes tienen la suerte de compartirlas: quizá era ese el mágico truco que permite que dos generaciones se entiendan, se encuentren y se apoyen.
Y nada más bonito que despedirse de Rayo McQueen sabiendo que no se ha dejado frenar por un legado de titulares y copas vacías, sino que pisa a fondo, como siempre ha hecho, hacia un nuevo principio en el que todavía le queda mucho por compartir y ganar.


Crítica escrita por Carlos Sainz