27 julio, 2017

Transformers: El último caballero



Título: Transformers: El último caballero
Año: 2017
Director: Michael Bay
Género: Acción, ciencia ficción

Michael Bay es humano, que sepamos (por ahora, no se ha revelado Autobot ni Decepticon).

Seguro que, tras cuatro películas, se aburre tanto de su propia creación como nosotros llevamos todo este tiempo aburriéndonos con ella.
Y hay un límite para hacer explotar las cosas y antropomorfizar amasijos de hierros, por mucho que el fuelle haya durado hasta límites insospechados.


Transformers: El Último Caballero me ha parecido la mejor secuela de todas, desde la ya lejana primera parte de hace diez años, cuando el invento era todavía inocente y no había necesidad de sobrecargar la pantalla con ruidosos choques y gigantescas batallas.
No es mucho decir, claro está, teniendo en cuenta la lamentable ristra de chapuzas que alfombran esos diez años, pero no deja de ser un alivio poder afirmar que Bay se ha acercado otra vez a la versión ideal de estos robots transformistas, que deberían ser puro entretenimiento sin demasiada rebaja de neuronas. Que habrá gente que las triture y las mande a la basura solo por ser lo que son, pero sería casi mejor plantearse qué pueden ser, empezar por abajo, e ir subiendo, cosa en la que las anteriores fracasaban por no subir ni un escalón.
¿Cuál es el ingrediente secreto entonces, que ha reactivado este chicle alargado? Sea por cansancio o por no repetirse, Michael Bay ha recurrido a una sana y exagerada autoparodia, propia de sagas agotadas, y el resultado es más interesante de lo esperado.

Anthony Hopkins paladea cada frase con diversión maníaca, metiéndose de lleno en el absurdo y arrastrando a la película con él en cada zambullida, consciente de que hay escenas enteras que dependen de su labia, y las va a llenar como que ha sido Hannibal Lecter (dando una lección a John Turturro y similares, que no se les puede notar más rutinarios y desganados).
Mark Wahlberg quizá no sea el héroe que esta historia se merece, pero sí el que necesita: un padre de familia típicamente entrañable, perfecto monigote de chifladas escenas de acción, que no tiene reparo en sacudirse el aburrimiento de la anterior secuela y tomarse a coña todo el argumento junto a la enésima maciza tetuda y bronceada, con la que comparte una química lo suficientemente animada como para no aburrirte. Y que sus protagonistas se tomen todo a coña es una fantástica invitación a que tu también lo hagas (no soluciona nada, pero vaya si ayuda).
Y, por último, el argumento más loco e inesperado de todas las secuelas, que se abre con un prólogo en la Inglaterra de la Edad Media con dos cojones, y no desaprovecha un segundo en seguir inflando la burbuja de incredulidad hasta que estalla en un magnífico caos de Transformers gabachos y combatientes de la 2° Guerra Mundial, profecías emparentadas con la mesa redonda del mismísimo Rey Arturo y UN DRAGÓN DE TRES CABEZAS que supone la última frontera de combate por unos Autobots libres.




Que el absurdo es inmenso e incoherente, jamás lo negaré.
Que me ha parecido brillante de pura locura, y que Hopkins me ha salvado los peores momentos, pues tampoco.


Cuesta creer que a Michael Bay le haya costado tanto llegar hasta aquí, y hayamos tenido que esperar a que se canse de sus propias manías para que nos haya empezado a dar algo, sino bueno, al menos disfrutable.
Sin embargo, a Bay todavía le queda un grandísimo enemigo, al que se enfrenta en el obligatorio y mastodóntico climax: él mismo, en su maldita manía de tomarse seriamente auténticas estupideces, y glorificar al majestuoso ejército USA al menos una vez más.
No puede/no quiere librarse de la solemnidad de otros tiempos, quizá por no traicionar la manera en la que siempre se ha tomado las aventuras de Optimus y sus colegas, y desecha el saludable tono mamarracho que le ha venido de perlas al conjunto por una pesadísima incursión militar a los restos del planeta Cybertron, en donde te dan ganas de coger el mando y avanzar la película por aburrimiento (siii, venga, a ese te lo vas a cargar... vaaaamos, tenéis que correr para allá... dios santo, no me pongas cámara lenta que no llegamos... joder, pero si lo van a conseguir, porque me mareas todo el rato...)


En fin, que no hacía falta tanto por tan poco.
No hacía falta convertir sencillas batallitas de coches transformables con vocación de dibujos animados de sábado por la mañana en casi guerras mundiales por la supervivencia del planeta.
Tampoco hacía falta desdibujar tanto a Optimus Prime y Megatrón que apenas les queda sitio en el metraje, y más bien parecen dos pesados abueletes que tienen que seguir tirándose trastos a la cabeza porque no les queda otra (y ni hablar del intento de convertir a Optimus en villano... ¿en serio, el estandarte del positivismo y la convivencia convertido en extremista? ¿acaso funcionó bien lo de hacerle apático y cansado en la anterior?).
Lo único que hacía falta era tomarse todo esto tan a broma como se pudiera, y ha tenido que venir Anthony Hopkins a demostrar cómo, mientras Michael Bay no se da cuenta de que su épica se traga mejor cuando es absurda.


Porque incluso eso parece que es algo que le cuesta concederse, y todavía piensa que necesitamos robots serios con dilemas morales, salvando un mundo de humanos estúpidos.
Los humanos ya han dejado de ser idiotas (más o menos) y a los robots les duran los dilemas morales el tiempo que tardan en darse de hostias.
Tus creaciones ya te han superado, querido Michael. Quizá sea hora de decir adiós.

Crítica hecha por Carlos Sainz

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